20 de Septiembre de 2020
El proyecto emanado del Mineduc que propone sacar del currículum obligatorio la enseñanza de la filosofía que actualmente se imparte a los alumnos de 3º y 4º año de la educación media, ha provocado sorpresa y críticas de un amplio sector del ambiente intelectual chileno. Aunque no se tienen todavía todos los antecedentes a la mano, es conveniente adelantar desde ya algunos elementos que permitan discutir sobre el tema con razonamientos fundados. ¿Qué argumentos se han esgrimido para intentar justificar esa propuesta? Se escuchan y leen dos argumentos explícitos, pero también cabe suponer que hay otros que no se expresan de manera abierta.
Los del primer grupo son principalmente dos: 1) Se trata de dar cabida en el currículum a un curso transversal de formación ciudadana, dentro del cual filosofía cumpliría una función parcial. 2) Se busca crear condiciones de equidad igualando el plan común de la formación científico-humanista, de la formación artística y de la formación técnico-profesional, puesto que en esta última no hay filosofía. La nivelación se lograría con el mencionado curso de formación ciudadana, pues sería transversal a las tres áreas formativas. Entre los argumentos que no se mencionan tan abiertamente podrían señalarse otros dos: 3) Se constata que la forma en que se imparte actualmente la filosofía tiene debilidades e inconsistencias que la hacen poco interesante y valiosa para profesores y alumnos. 4) Se considera necesario promover conocimientos y competencias que contribuyan eficazmente al progreso material y económico del país, los cuales la filosofía no puede aportar.
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Vale la pena examinar, aunque sea someramente, el peso de estos argumentos. Todos ellos tienen algo de verdad, pero adolecen de cierta estrechez y unilateralidad que ponen en entredicho su validez.
1.- La inclusión del curso de formación ciudadana en el plan común obligatorio es, en principio -sin conocer todavía su contenido específico- algo muy oportuno y aconsejable, especialmente en el contexto actual de desafección y desconocimiento generalizado de los principios, valores e instituciones de los que depende un compromiso responsable con el bien común. Pero es evidente que la filosofía no puede ser una parte de ese curso concebido como un todo, sino al revés. La formación ciudadana presupone un fundamento de habilidades -aprender a pensar en forma autónoma y crítica-, contenidos -como el sentido y las condiciones del acto libre- y actitudes -por ejemplo, el respeto a las personas y la capacidad de escuchar y tolerar posiciones antagónicas-, todo lo cual se enmarca en la formación propiamente filosófica.
2.- La búsqueda de equidad en el plan común de las áreas de formación científico-humanista, artística y técnico-profesional es en sí mismo un objetivo loable. Sin embargo, de esta manera no se justifica la nivelación de las tres áreas hacia la baja, reduciendo drásticamente la filosofía en dos de ellas. Por el contrario, lo más justo sería devolver a la formación técnico-profesional los cursos de filosofía que, según tengo entendido, perdió el año 2002. ¿O acaso esos estudiantes, que constituyen casi la mitad de la matrícula de la educación media, no debieran estar también en condiciones de desarrollar las capacidades fundamentales de una auténtica formación humana?
3.- Es cierto que la enseñanza de la filosofía que actualmente se ofrece en 3º y 4º año debe ser revisada y actualizada, para que sus contenidos estén mejor articulados y sean más pertinentes y adaptados, tanto a la etapa de desarrollo en la que se encuentran los alumnos, como a los problemas y preguntas que suscitan las realidades sociales y culturales del presente. Pero eso es muy distinto a jibarizarla, dejándola reducida a un subconjunto de la proyectada formación ciudadana o a eventuales cursos optativos.
4.- No cabe duda que el estado actual del desarrollo científico-tecnológico y la evolución de la civilización global, asociados a las enormes desigualdades y la extensión de condiciones de vida indignas del ser humano y de su entorno natural plantean retos y exigencias de los que tienen que hacerse cargo variadas formas del conocimiento científico y tecnológico. Pero es equivocado pensar que la filosofía y las humanidades, en general, son ajenas a esa finalidad. El desarrollo integral de los pueblos por medio de la ciencia y la tecnología plantea problemas éticos, políticos, sociales y culturales, que no pueden ser resueltos con criterios meramente empíricos o utilitarios, puesto que se refieren al sentido y los fines de la vida humana en sociedad y en relación con la naturaleza. La reflexión sobre el sentido y los fines de la vida humana compete primariamente a las disciplinas que tienen al ser humano -ya sea en sí mismo o en sus manifestaciones históricas y culturales- como tema central de su estudio, es decir, precisamente las humanidades, en cuyo núcleo se encuentra la filosofía.
Lo que actualmente requiere la educación es una mirada dirigida hacia su sentido. En la raíz del descontento con el sistema educacional y con muchos otros aspectos de la actual convivencia social, se encuentra una cultura que parece cada vez más colonizada por una lógica de fines y medios, en la que predomina una visión pragmática del ser humano y de su desarrollo, pues concibe la educación como preparación para servir a las demandas del mercado global, donde nada es gratis. En cambio, la nueva mirada debe hacerse cargo de la educación como formación para el ejercicio de la libertad responsable, en la que también hay espacio para la generosidad y la gratuidad, pues reconoce la dignidad de todas y cada una de las personas, y es capaz de asumir el esfuerzo y los riesgos que traen consigo la búsqueda de la verdad, la lucha por la justicia y la creación de obras de arte. Desde este punto de vista, la finalidad propia de una educación, a la que la filosofía entrega una contribución irrenunciable, no es el saber transferido ni las ventajas sociales que conlleva, sino que el alumno salga al final de sus estudios con una manera de ver, juzgar y actuar con otros y sobre las cosas, distinta a la que traía antes de entrar en ellos, mediante un proceso de transformación personal que conduzca hacia una vida más libre, amplia y rica, es decir, más plenamente humana.
La nueva mirada debe hacerse cargo de la educación como formación para el ejercicio de la libertad responsable, en la que también hay espacio para la generosidad y la gratuidad.
Autor: Mariano De la Maza Decano de la Facultad de Filosofía UC – El Mercurio (2016). Artículo rescatado en Economía y Negocios