8 de Febrero de 2021
Mientras pinta unos mandalas, una niña de ocho años canta muy animada un tema del portorriqueño Bad Bunny. “Ella es callaita/Pero pal’ sexo es atrevida, yo sé/Marihuana y bebida/Gozándose la vida, como es”, entona, concentrada en su diseño de círculos concéntricos. Es un cumpleaños infantil y ese ritmo, el del reguetón, es claramente el más popular para las pequeñas invitadas; un gusto que se refuerza cuando reciben un entusiasmado aplauso de los adultos cada vez que bailan, moviéndose sensualmente con sus bocas pintadas de rojo.
Pero una de las mujeres adultas que están ahí no aplaude. Es la psicóloga de la Usach Karla Donoso, quien es parte del equipo docente de los diplomados que ofrece el Centro de Estudios de la Sexualidad Chile (CESCh). A ella, la imagen se le queda grabada a fuego en su mente. Marihuana. Sexo. Ocho años. Alcohol. Mandalas. ¿Qué puede resultar de este explosivo cóctel de inocencia y sexualidad?
Es probable que a padres ahí presentes, o al menos a la mayoría de ellos, el rechazo de Karla les parezca exagerado: suelen asumir que estos bailes y cantos son solo algo divertido, sin pensar más allá. Pero laescena, dice la psicóloga, le hizo pensar en lo grave que es exponer a los niños a canciones no apropiadas para su edad.
—El reguetón llegó con una fuerza impresionante y con letras muy sexuales que no llegan al nivel etáreo al que debieran— comenta.
La psicóloga asegura que los adultos han ido normalizando, de manera gradual, el contacto de los niños con los mensajes, la estética y las conductas asociadas con el reguetón: el baile sensual, las fotos en redes sociales con miradas sugerentes, el perreo, las canciones que hablan sin tapujos de sexo y por lo general desde una mirada más bien machista y estereotipada.
Lo mismo sucede con otros elementos culturales que tienden a poner atributos sexuales —que los menores aún no comprenden— por encima de cualquier otra cualidad. En esto entra la publicidad, la información que entregan las redes sociales, los disfraces erotizantes —hay hasta de enfermera sexy— y el vestuario infantil sugerente, que puede llevar leyendas alusivas a temas sexuales. Y también hábitos comunes como, por ejemplo, cuando se les pregunta a los 4 o 5 años si tienen pololo o polola, cuando se les dan besos en la boca, cuando se les dice a niñas pequeñas que se ven sexis o se les incentiva a que se maquillen o usen tacos, y cuando se les dice a los hombres que son “campeones” por su capacidad de atraer al sexo opuesto.
Todo indica que esta inundación de mensajes sexualizados no es inocua. Según los especialistas en salud mental, las canciones y bailes que aluden al sexo de manera más o menos explícita pueden tener efectos nocivos en el desarrollo de una sexualidad sana, porque instalan el valor social de las personas en su capacidad de despertar deseo. Esto, según el Informe Bailey, documento desarrollado en 2001 por el Departamento para la Educación del gobierno inglés y que se considera como referente en estos temas, se conoce como hipersexualización y puede interrumpir o transgredir su proceso normal de sexualización, es decir, el camino hacia el desarrollo de una sexualidad sana. Esto fue corroborado en 2007 por la APA (Asociación de Psicología Americana) en un alarmante informe, enfocado especialmente en los efectos de la sexualización de las niñas.
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—A diferencia de los adultos, los niños no tienen la capacidad cognitiva para entender lo que es ser un objeto sexual —explica Karla. —El niño no ve nada sexual en lo que hace cuando baila sensualmente, solo ve la aprobación de los adultos. Es el adulto el que sexualiza. Por eso se ha dicho que la hipersexualización, esta imposición de modelos adultos, es un tipo de violencia infantil.
La sexóloga Karin Uribarri, autora de los libros “Sexo libre… y consciente” (2019), “Inteligencia sexual” (2017) y “Manual de Sexo a la chilena” (2016), comparte esta mirada.
—La hipersexualización es la imposición de una sexualidad adulta a niñas y niños; es un maltrato sutil de violencia a la infancia, donde se los percibe a ellos como instrumento. Al no estar psíquica y físicamente preparados para ello, no saben qué hacer con todo esto, lo manejan mal, lo que afecta el desarrollo de su sexualidad y autoestima. Se les enseña el sexo como moneda de cambio; se les enseña a no profundizar en sus relaciones; a estar al servicio del otro, que me pone atención porque luzco de determinada manera. Aprenden que lo único que atrae es el cuerpo como objeto erótico. Los niños y niñas comienzan a creer que la forma de desenvolverse en el mundo es a través de estos patrones y que la afectividad va ligada a cuán sexi me veo o me ven.
Este mix de influencias, acota la sexóloga, es un caldo de cultivo para la instalación de cánones estéticos que, especialmente en las niñas pero cada vez más en los niños, tiende a forjar una autoestima que se estanca en la percepción de aprobación o rechazo al aspecto físico. Y también puede llegar a anidar problemas más graves, como los trastornos alimentarios.
—Ser atractiva sexualmente es hoy una de las cargas de las adolescentes. Se sabe que la objetualización sexual conduce a situaciones de violencia con ellas mismas: se exigen tanto para calzar con el modelo, que se enferman. La hipersexualización actual hará crecer a las niñas como mujeres vulnerables, insertas en una batalla interminable y dañina con ellas mismas y con una frustración que no las dejará libres —acota.
Para la psicóloga Karla Donoso, el peligro más grave al sexualizar a los niños y jóvenes es que aumenta el riesgo de que sean abusados sexualmente por adultos o adolescentes de más edad. Al ser hipersexualizado, acota la psicóloga, el niño cree que va a ser querido en la medida que sea un objeto sexual. Esto lo hace vulnerable, manipulable, por adultos con malas intenciones. De hecho, precisa, muchos niños abusados se hipersexualizan, lo que multiplica las posibilidades de que vuelvan a ser abusados.
—Hace poco, un reportaje en televisión mostró a un pedófilo mirando una foto de una niña pequeña maquillada, vestida de manera sensual, y su comentario fue: qué no le haría —acota alarmada. Y recuerda el caso de la revista Vogue, que en 2011 utilizó una modelo de 10 años, a la que vistió con ropa adulta y la fotografió en poses sugerentes. El escándalo no se hizo esperar y la publicación tuvo que prometer que no volvería a usar modelos menores de 16 años.
Niños objeto
En la raíz del daño provocado por la hipersexualización está en la instalación del niño como objeto sexual. Christian Thomas, psicólogo y director del Centro de Estudios de la Sexualidad Chile, explica que, en una sexualidad sana, se transforma a la pareja en objeto de placer durante el acto sexual, pero después se es capaz de restituirlo a su valor de sujeto, de persona con sentimientos, emociones, inteligencia, individualidad. Así, la pareja vuelve a ser el compañero que contiene en momentos de llanto, el que está ahí para apoyarnos en momentos difíciles, para compartir momentos alegres, para vincularse de manera integral.
—Hay problemas cuando te quedas solo en el sujeto, porque no puedes sexualizar al otro. Pero si lo dejas solo como objeto, el otro se anula, desaparece como persona. Si le haces eso a un niño o niña, crecerá en ser para los demás, se esforzará en ser eso que la otra persona quiere, vivirá en función de otorgar y se negará a sí mismo. Esto se relaciona con una mayor tendencia a formar relaciones patológicas, desiguales. Se valida una forma de funcionar no centrada en lo interno, sino en la necesidad de la aceptación del otro, lo que genera muchas inseguridades. Se corre el riesgo de entrar en relaciones que no son simétricas, sino que te sometes a quien te acepte, generando relaciones de dependencia, y eso se presta para que haya violencia de todo tipo —explica el psicólogo.
En esta línea, un informe del Parlamento Europeo define a la hipersexualización como un enfoque instrumental de la persona que percibe al otro como objeto sexual, “al margen de su dignidad y sus aspectos personales”.
La sociedad de consumo actual, agrega Thomas, se presta para esto.
—En una sociedad de consumo, ¿qué tiene un púber, un adolescente o un niño para ofrecer? No tiene plata, no tiene cosas, solo tiene su imagen, su cuerpo. Y este se valida como un objeto de consumo. En un entorno consumista, el sexo es un nicho de consumo muy importante, al que le hemos dado demasiada importancia, y eso hace que los jóvenes lo hipervaloren.
El reguetón es particularmente nocivo, porque sus conceptos sexualizadores se van colando en el inconsciente, sin que se les ponga un freno, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la pornografía, cuyo contacto con los niños, si bien ocurre y cada vez con más facilidad, al menos es socialmente rechazado.
—La música entrega a los niños y adultos identidad cultural. Por medio de la música, desde pequeños se les enseña a los más pequeños los números, los animales, las vocales… Y, al mismo tiempo, música como esta se queda en el subconsciente con sus frases pegajosas, violentas y explícitas —comenta la sexóloga Karin Uribarri. —Exponer a los jóvenes a contenidos e imágenes que cosifican a la mujer tiene efectos cognitivos importantes. Podría conducirlos a tener expectativas poco reales y distorsionadas de cómo deben ser y lucir mujeres y hombres, y de cómo deben ser las relaciones sexuales.
La psicóloga Michelle Thomas, hija de Christian y colega suya en el centro de sexualidad, comparte esta visión. A su juicio, no es trivial que un niño repita tanto las frases de alto contenido sexual que caracterizan este tipo de música, aunque no las entienda del todo, porque estas palabras van conformando una suerte de “códigos conductuales” que tienden a internalizarse y expresarse después, en la adolescencia y la vida adulta. En este caso, se trata de conceptos en los que hay violencia, utilización sexual del otro e ideas estereotipadas tanto del hombre —agresivo, “bien dotado”, rey de la cama— como de la mujer —siempre curvilínea, siempre dispuesta—. —Si oyes durante años a un papá que dice que las mujeres “valen callampa”, estas ideas se van metiendo en tu cabeza, van construyendo discursos. Más adelante, tu reacción puede ser apropiarte de esas ideas y validarlas como una forma de relacionarte— ejemplifica.
El Centro de Estudios de la Sexualidad de Chile lleva algunos años trabajando en colegios para intentar revertir o al menos contrarrestar este proceso. En sus talleres de educación sexual buscan que los estudiantes no repitan estas canciones sin cuestionar su contenido. Christian Thomas cuenta que los talleres comienzan con música, que todos corean felices: “En la cama te duro lo que él no dura, yo estoy activo 24/7, conmigo no hacen falta los juguetes”; “sigue tu camino que sin ti me va mejor/ahora
tengo a otras que me lo hacen mejor”. Pero solo cuando les pasan la letra impresa, los jóvenes comienzan a pensar en el significado de lo que dicen y a reflexionar sobre los estereotipos masculinos y femeninos que fomentan. Por lo general, la primera reacción de los estudiantes es de sorpresa. Luego llega el cuestionamiento. Y surgen esperanzadoras voces disidentes.
—Es claro que no podemos evitar que los niños oigan estas canciones, pero los adultos si podemos impulsarlos a desarrollar un espíritu crítico para que aprendan a mirar todo esto con otros ojos —dice al respecto Karin Uribarri. —Debemos enseñarles que cada niño es especial, distinto, y que su belleza reside en su individualidad, no en la cáscara. Transmitirles valores que les permitan apreciar a las personas en su totalidad y no verlas como objetos o adornos.
Karla Donoso agrega: —Cuando lo que se aprende es una sexualidad machista, como la que promueven las letras del reguetón, no se consigue que los dos estén en la relación. La mujer está en la complacencia, y el hombre, en el egoísmo. Es una sexualidad coja. Por eso, aunque para algunos pequemos de insidiosos, los padres debemos poner la hipersexualización como tema en la mesa de los adultos, ayudar a que los demás se den cuenta.
La clave, coinciden, no está en dejar de bailar o disfrutar los ritmos de moda, sino en saber tomar la distancia necesaria para que grandes y chicos aprendan a evitar que estos instalen códigos no adecuados en nuestra sexualidad y, especialmente, en la de los niños.
Autor: Sofía Beuchat – El Mercurio (2019). Artículo rescatado en La Segunda