16 de Septiembre de 2021
Además de ponerse al día con sus compañeros y conocer el horario del semestre, al comienzo de un nuevo año escolar los estudiantes del Colegio Arauco de Quillota deben todos firmar un documento que los compromete a trabajar por un ambiente libre de malos tratos. El acto involucra una ceremonia en la que nadie queda fuera, ni siquiera lo más chicos: como todavía no saben escribir, los niños de prebásica prometen trabajar por los valores de respeto y tolerancia poniendo sus dedos entintados en el papel que se les entrega. ‘El clima de aula es fundamental porque incide en el desarrollo de todo lo que se hace dentro del colegio. Por eso empezamos a intencionarlo’, comenta Liliana Fariña, directora de este establecimiento en la Región de Valparaíso y que es parte de la Red de Escuelas Líderes. Llevando guitarras al patio, creando un taller de mediación y hasta pintando un enorme mural en el que se celebra la diversidad de estudiantes del establecimiento, la apuesta de este colegio es que al explicitar la importancia de aceptarse unos a otros, se siente una base para evitar incidentes como el que hace unos días dio a conocer Polette Vega, estudiante de 4° año de Trabajo Social de la Universidad de Chile. Según explicó la alumna, durante una clase de Estadística I habría sido increpada por sus compañeros debido a sus tendencias políticas (es parte de la Centro Derecha Universitaria).
Los estudiantes la habrían insultado, pedido al profesor que la sacara de clases y una compañera incluso llegó a tirarle agua al cuerpo. No fue el primer ataque, ya que Vega sufrió uno anterior en julio. El episodio se suma a otros, como el del hijo de la diputada Cristina Girardi, alumno de la Facultad de Ciencias de la misma universidad, quien también fue agredido. Y no solo a nivel de educación superior: la inédita ola de violencia que viven algunos colegios ha hecho que las bombas molotov hoy estén presentes en algunas aulas. En mayo de este año, en Puerto Montt un escolar se enmascaró, entró a clases y disparó a otro alumno.
Enseñar a no caer
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‘La violencia podemos entenderla como una conducta aprendida que pretende dañar a otro y ejercer poder. Ese aprendizaje se realiza a través de la vida, influido por las experiencias que nos toca vivir’, indica Paulina Herrera, doctora en Psicología Educacional y jefa de programa del diplomado en Convivencia Escolar del Centro de Desarrollo de Liderazgo Educativo, Cedle. Pero así como la violencia puede ser una conducta aprendida, también se puede enseñar a no caer en ella. Hacerlo desde niños importa. ‘La violencia tiene que ver con la gestión de la disciplina en las escuelas; si es inconsistente y rígida, más violencia genera’, dice Herrera.
‘La convivencia son las relaciones al interior de la comunidad educativa, la que puede ser gestionada desde lo formativo, participativo y democrático, o desde la intolerancia, el maltrato o el daño a otros. Esto requiere trabajar habilidades socioafectivas en todos los actores de la comunidad educativa’, agrega. Con miras a generar estudiantes comprometidos con la idea de generar comunidad, la Universidad de Rochester (EE.UU.) propone que cada establecimiento educativo se tome el tiempo para definir, entre todos, una visión conjunta respecto de sus valores y cómo se van a implementar.
Al explicitar esa visión, el conjunto entiende hacia dónde están apuntando y por qué. Trabajando por una misma meta, también se trabaja el apego hacia la idea de colectividad, mostrando que no todo supone PSU o rendimiento. El sitio Education World, que recoge la opinión de miles de docentes alrededor del mundo, recomienda fomentar la empatía y el respeto pidiendo a los escolares que entrevisten a personas de un barrio respecto de un tema, para así comparar las distintas visiones que puedan existir. También se sugiere generar coloquios de forma constante, promoviendo el intercambio de ideas. Con el objetivo de que los estudiantes aprendan a regular emociones, en febrero Inglaterra anunció que introduciría un programa de mindfulness diario en establecimientos educativos públicos.
Modelos
Volviendo al caso de Polette Vega, Isidora Mena, psicóloga, doctora en educación y directora ejecutiva de Valoras de la Universidad Católica, comenta que aunque este caso involucra a mayores de edad, ‘siempre se puede hacer algo. Siempre’. Respecto del tema de las diferencias políticas, la especialista comenta que ‘tiene que ver con que, en general, la muestra que estamos dando a nivel público de cómo funcionan los políticos es bien parecida. Hay una muy mala educación en Chile sobre cómo se conversa de política. Está mal echarles la culpa a los jóvenes, si los adultos no siempre resultan ser el mejor modelo’.
Su sugerencia es que a nivel universitario, los representantes políticos estén ‘sujetos a una formación permanente de cómo se conversa en política, da lo mismo cuál sea su posición’. Es decir, que desde la misma institución existan instancias en que las personas aprendan que debatir no equivale a terminar en disputas, algo que parece no estar del todo claro: en 2016, el Centro de Estudios de la Argumentación de la Universidad Diego Portales concluyó que entre los universitarios, la argumentación no es vista como una forma de llegar a resolver problemas. ‘El desafío del siglo XXI es la sustentabilidad del planeta y la humanidad. Es una necesidad tan grave, que si no sabemos trabajar en equipo y poner todas nuestras perspectivas a favor de esto, no falta mucho, dicen los científicos, para que no tengamos vuelta’, comenta Mena en alusión a la necesidad de trabajar todos juntos en pos de la sostenibilidad del planeta.
Autor: El Mercurio (2019). Artículo rescatado en Portal Educación